La importancia de enseñar conductas alternativas

Alternativas a los problemas de conducta

Cuando aparece un problema de conducta en un niño o adolescente, lo más habitual es que los adultos intentemos que desaparezca cuanto antes. Se aplican consecuencias, se corrige, se insiste en que “eso no se hace”. Sin embargo, con frecuencia comprobamos que, aunque a corto plazo la conducta puede disminuir, al poco tiempo vuelve a aparecer o es sustituida por otra diferente. Esto ocurre porque eliminar una conducta no es suficiente si no enseñamos una alternativa funcional.

Desde el Análisis Conductual Aplicado (ABA) se entiende que toda conducta cumple una función. Es decir, el niño no se comporta “porque sí”. Puede estar intentando conseguir atención, evitar una tarea difícil, acceder a un objeto que desea o regular una emoción intensa. Si únicamente intentamos suprimir la conducta problemática sin ofrecer otra vía para alcanzar ese mismo objetivo, estamos dejando al niño sin herramientas.

Imaginemos un niño que grita o se tira al suelo cuando quiere un juguete. Si solo trabajamos para que deje de gritar, pero no le enseñamos a pedirlo de forma adecuada, la necesidad seguirá estando presente. El problema no es que quiera el juguete; el problema es que no dispone de una forma más eficaz de pedirlo. En estos casos, la intervención debe centrarse en enseñar una conducta alternativa que cumpla la misma función: por ejemplo, señalar, utilizar una palabra, un gesto o cualquier sistema de comunicación que esté a su alcance.

Lo mismo ocurre cuando la conducta aparece para escapar de una situación que resulta difícil. Si un niño se levanta constantemente de la mesa o rompe la hoja cuando tiene que hacer deberes, limitarse a pedirle que permanezca sentado puede aumentar su frustración. Es más efectivo enseñarle a pedir ayuda, a solicitar un descanso breve o a dividir la tarea en partes más pequeñas.

En el ámbito de la terapia con niños con autismo este principio es fundamental. Muchos niños dentro del espectro presentan conductas que, en realidad, son intentos de comunicación o de autorregulación. Cuando trabajamos en terapia, una parte esencial del proceso consiste en analizar qué función tiene la conducta y diseñar un plan para enseñar habilidades alternativas. Estas habilidades pueden ser comunicación funcional, habilidades sociales o  estrategias básicas de regulación emocional entre otras. Cuando el niño aprende una forma eficaz y comprensible de comunicar lo que necesita, la conducta problemática deja de ser necesaria y, por tanto, disminuye progresivamente.

Es importante entender que enseñar una conducta alternativa no consiste únicamente en indicarle al niño qué debe hacer en lugar de la conducta problema. Requiere un proceso de enseñanza estructurado, adaptado a su nivel de desarrollo, a sus habilidades actuales y a su forma de aprender. Para que la conducta alternativa sea útil, debe ser más sencilla, rápida y eficaz que la conducta problema para conseguir el mismo objetivo.

Además, es fundamental enseñar estas habilidades en situaciones en las que el niño se encuentre tranquilo y disponible para aprender. En muchos casos, será necesario utilizar apoyos visuales, modelado, guía o práctica repetida en contextos controlados antes de esperar que el niño utilice la nueva habilidad de manera espontánea en su vida diaria. El aprendizaje de nuevas conductas requiere tiempo, práctica y consistencia por parte de los adultos que acompañan al niño.

Otro aspecto clave es reforzar la conducta alternativa cada vez que aparece. Cuando el niño utiliza una forma adecuada de pedir ayuda, expresar una emoción o solicitar un objeto, es importante que consiga aquello que estaba intentando lograr. De esta forma, aumenta la probabilidad de que vuelva a utilizar esa conducta en el futuro. Si la conducta alternativa no resulta efectiva para el niño, es probable que continúe recurriendo a la conducta problema, ya que será la que le haya funcionado en más ocasiones.

También es esencial trabajar la generalización de las habilidades. El objetivo no es que el niño utilice la conducta alternativa únicamente en un contexto concreto, sino que pueda hacerlo en diferentes entornos como casa, colegio o situaciones sociales. Para conseguirlo, es necesario que las familias, los profesionales y, cuando sea posible, el entorno educativo, utilicen estrategias similares y respondan de manera coherente ante la conducta del niño.

Cuando se prioriza la enseñanza de habilidades funcionales, se produce un cambio importante en la forma de abordar los problemas de conducta. En lugar de centrarnos únicamente en reducir comportamientos que resultan difíciles, se pone el foco en ampliar el repertorio conductual del niño y en proporcionarle recursos que le permitan participar de manera más activa en su vida diaria. Este enfoque no solo favorece la disminución de conductas problema, sino que también contribuye al desarrollo de la autoestima, la autonomía y el bienestar del niño. Cuando dispone de estrategias eficaces para comunicarse y relacionarse con su entorno, aumenta su sensación de competencia y disminuye la frustración que puede aparecer cuando no consigue expresar lo que necesita.

En definitiva, cuando aparece un problema de conducta, es necesario ir más allá de intentar eliminarlo. Comprender qué función cumple esa conducta y enseñar una alternativa funcional es la base de una intervención eficaz y duradera. Solo cuando el niño dispone de herramientas adecuadas para comunicar, pedir ayuda o regular sus emociones, podemos observar cambios estables y significativos en su comportamiento y en su calidad de vida.

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