Durante muchos años el autismo se ha explicado como si existiera una especie de escala. En un extremo se situaría el llamado “autismo severo”, relacionado con grandes necesidades de apoyo. En el otro, el denominado “autismo leve”, vinculado a personas con mayor autonomía o a lo que antes se conocía como síndrome de Asperger.
Aunque esta forma de entender el autismo está muy extendida socialmente e incluso ha sido utilizada en contextos clínicos y educativos, la realidad es mucho más compleja. Estas etiquetas simplifican en exceso una condición que, precisamente, se caracteriza por su enorme diversidad. Además, pueden generar ideas equivocadas que afectan tanto a la comprensión social del autismo como al bienestar de las propias personas autistas y sus familias.
El problema de pensar el autismo como una escala
Cuando utilizamos términos como “autismo leve” o “autismo severo”, en realidad solemos estar evaluando la visibilidad externa de las dificultades, no la experiencia real de la persona. Una persona que se comunica verbalmente, estudia o trabaja puede ser percibida como “leve”, aunque internamente conviva con altos niveles de ansiedad, sobrecarga sensorial, fatiga social o dificultades para gestionar cambios inesperados.
Por otro lado, una persona que necesita apoyos intensos para comunicarse puede ser catalogada como “severa”, cuando en realidad puede tener una vida emocional rica, intereses profundos, pensamiento complejo o formas de comunicación alternativas que no siempre son comprendidas por su entorno.
Desde la perspectiva actual basada en la neurodiversidad, el autismo no se entiende como un grado dentro de una escala de “más o menos normalidad”, sino como una forma diferente de procesar la información, sentir, relacionarse y experimentar el mundo. No existen personas “más autistas” o “menos autistas”. Existen personas con perfiles distintos, necesidades de apoyo diferentes y formas diversas de comunicarse y participar en su entorno.
Lo que las etiquetas pueden ocultar: autismo leve y autismo severo
El uso de términos como “autismo leve” o “autismo severo” puede provocar malentendidos importantes.
En primer lugar, puede minimizar las necesidades reales de quienes son considerados “leves”. Muchas personas autistas que parecen desenvolverse con autonomía realizan un enorme esfuerzo para adaptarse socialmente. Este proceso, conocido como camuflaje o enmascaramiento, puede generar un gran desgaste emocional y aumentar el riesgo de ansiedad, estrés o agotamiento.
Por otro lado, etiquetar a alguien como de “autismo severo” puede invisibilizar sus capacidades, intereses o formas de comunicación. Cuando el foco se pone únicamente en las dificultades, es fácil olvidar que todas las personas, independientemente de sus necesidades de apoyo, tienen derecho a participar, decidir y ser escuchadas.
Además, estas etiquetas transmiten la idea de que las necesidades son estáticas, cuando en realidad pueden cambiar a lo largo de la vida. Una persona puede necesitar más apoyos en determinadas etapas o situaciones y menos en otras, dependiendo de factores personales, contextuales y sociales.
Otro aspecto importante es que estas clasificaciones tienden a situar el “problema” únicamente en la persona, dejando en segundo plano el papel del entorno. En muchas ocasiones, las barreras aparecen por falta de comprensión, accesibilidad o flexibilidad en los contextos educativos, sociales o laborales.
Cambiar el foco: de las etiquetas a los apoyos
Actualmente, cada vez más profesionales y comunidades relacionadas con el autismo proponen dejar de centrarse en etiquetas rígidas y comenzar a hablar de perfiles individuales y niveles de apoyo. Este enfoque permite entender mejor la diversidad dentro del espectro y facilita diseñar intervenciones ajustadas a cada persona.
Cuando se habla de necesidades de apoyo se tienen en cuenta múltiples áreas: comunicación, procesamiento sensorial, habilidades sociales, regulación emocional, flexibilidad cognitiva, autonomía o intereses específicos. Esto permite construir una visión mucho más completa y realista.
En el trabajo en nuestro centro de autismo en Albacete, este enfoque resulta fundamental. Comprender las necesidades individuales permite diseñar apoyos que favorezcan la autonomía, el bienestar y la participación en la vida diaria, en lugar de centrarse únicamente en etiquetas que pueden limitar la comprensión de la persona.
No se trata de negar que algunas personas necesiten apoyos más intensos que otras. Se trata de reconocer que todas las personas, independientemente de su perfil, merecen respeto, oportunidades y la posibilidad de desarrollar su propio proyecto vital.
Comprender para acompañar mejor
Cuando dejamos de clasificar a las personas dentro de categorías rígidas y empezamos a observar sus fortalezas, intereses y necesidades reales, la intervención se vuelve más respetuosa y eficaz. También facilita que las familias, profesionales y sociedad en general comprendan el autismo desde una mirada más humana y menos reduccionista.
El autismo no es una línea recta ni una escala. Es un espectro amplio y diverso que refleja la variedad natural del desarrollo humano. Entender esta diversidad nos permite acompañar mejor, ofrecer apoyos ajustados y construir entornos más inclusivos.
Hablar de apoyos en lugar de grados no solo mejora la comprensión del autismo, sino que también favorece el bienestar de las personas autistas, permitiendo que sean vistas como lo que realmente son: individuos únicos, con capacidades, desafíos, intereses y formas propias de entender el mundo.