Cómo enseñar a esperar a tu hijo: estrategias para el día a día

Cómo enseñar a esperar
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Enseñar a esperar es una de esas habilidades que pueden parecer sencillas desde la perspectiva de una persona adulta, pero que pueden resultar difíciles para algunos niños autistas y niños con discapacidad intelectual.

Esperar para recibir un juguete, aguardar mientras otra persona termina una actividad, respetar el turno durante un juego o aceptar que algo no está disponible en ese momento son situaciones habituales en la vida cotidiana. Sin embargo, cuando un niño tiene dificultades para comprender qué está ocurriendo, cuánto durará la espera o cuándo podrá acceder a lo que desea, pueden aparecer llantos, gritos, intentos de coger el objeto o un malestar que a su familia le cuesta interpretar.

En esos momentos es frecuente escuchar frases como «tiene que aprender a esperar», «no puede tenerlo todo cuando quiere» o «necesita acostumbrarse a que las cosas no siempre son inmediatas».

Es comprensible que las familias quieran ayudar a sus hijos a desenvolverse mejor en estas situaciones. Esperar puede ser necesario para participar en juegos, compartir actividades o desenvolverse en determinados espacios. Pero hay algo que conviene tener presente: esperar es una habilidad que se aprendre y no todos los niños parten del mismo punto ni necesitan los mismos apoyos para desarrollarla.

Un niño puede no comprender cuánto tiempo falta. Otro puede entender que tendrá su turno después, pero tener dificultades para gestionar la incertidumbre. También puede ocurrir que no disponga de una forma eficaz de preguntar cuándo le toca, pedir una alternativa o comunicar que la espera se le está haciendo demasiado difícil. Por eso, antes de pedirle que espere, merece la pena detenerse a observar qué está ocurriendo.

El objetivo no es que permanezca quieto, que deje de protestar o que acepte cualquier demora sin mostrar malestar. Se trata de ayudarle a comprender determinadas situaciones, disponer de recursos para afrontarlas y participar en las actividades cotidianas con mayor seguridad y autonomía.

 

 

¿Por qué puede resultar difícil esperar?

No todos los niños tienen las mismas dificultades ni reaccionan de la misma manera ante una situación de espera. En el autismo y la discapacidad intelectual pueden aparecer necesidades de apoyo relacionadas con la comprensión del lenguaje, la anticipación, la comunicación, la flexibilidad o la regulación sensorial. Sin embargo, no debemos presuponer que estas características están presentes en todos los niños ni que explican por sí solas lo que sucede en una situación concreta. Observar el contexto nos ayudará a comprender mejor qué apoyos pueden resultar útiles.

Puede no saber cuánto tiempo falta

Imaginemos que un niño pide su juguete favorito y recibe como respuesta «ahora después». Para una persona adulta, esa expresión puede ser suficiente para entender que tendrá que esperar un poco. Sin embargo, para un niño que todavía no comprende bien las referencias temporales, «después» puede no aportar información suficiente. ¿Significa unos segundos? ¿Cinco minutos? ¿Tiene que terminar algo antes? ¿Cómo sabrá que ha llegado el momento?

Cuando la duración de la espera es impredecible, puede resultar más difícil comprender la situación. En lugar de repetir la misma indicación, podemos concretar qué tiene que ocurrir antes de que el objeto esté disponible. Por ejemplo: «Ahora está jugando tu hermana. Cuando termine su turno, te toca a ti». Si la información verbal no es suficiente, podemos acompañarla con una fotografía, una tarjeta de turno o una secuencia visual.

Puede no comprender qué significa esperar

Saber pedir una pelota no significa necesariamente saber qué hacer cuando otra persona la está utilizando.

Esperar implica comprender, en la medida de las posibilidades de cada niño, que el acceso se producirá más adelante y que hay una secuencia de acontecimientos entre el momento actual y el momento esperado. Por eso, repetir «espera» no siempre ayuda. Necesitamos mostrar qué está ocurriendo, qué sucederá después y qué opciones tiene mientras tanto.

Puede no disponer de una forma eficaz de comunicar sus necesidades

En ocasiones, lo que interpretamos como una dificultad para esperar está relacionado con la comunicación.

El niño puede querer preguntar cuánto falta, pedir ayuda, elegir otra actividad o expresar que ya no puede continuar en esa situación. Si no encuentra una forma eficaz de transmitirlo, su malestar puede manifestarse de otras maneras.

En estos casos, enseñar a esperar debe ir acompañado de oportunidades para comunicar necesidades y preferencias. Podemos enseñar formas funcionales de expresar «¿cuándo me toca?», «ayuda», «quiero otra cosa», «no quiero esperar» o «necesito descansar». Estas expresiones pueden comunicarse mediante palabras, gestos, signos, escritura, pictogramas u otros sistemas de comunicación aumentativa y alternativa (CAA).

Lo importante es que el niño disponga de una forma de comunicación que sus interlocutores comprendan y respeten. Si quieres profundizar en este tema, puedes consultar la información sobre Comunicación Aumentativa y Alternativa de la American Speech-Language-Hearing Association, que explica qué es la CAA y cómo puede apoyar la comunicación de personas con necesidades diversas.

La situación puede ser demasiado difícil

También debemos considerar el contexto. Esperar en una habitación tranquila, con una persona conocida y una actividad predecible no es lo mismo que hacerlo en un lugar ruidoso, con muchas personas o sin saber cuándo terminará la situación.

En ocasiones, el problema no es únicamente el tiempo de espera. Puede influir el ruido, el cansancio, la incertidumbre, la dificultad para comprender lo que se espera de él o la falta de una alternativa accesible. Por eso, antes de plantear una intervención, conviene observar qué ocurre antes, durante y después de la situación. Esta información permite tomar decisiones más ajustadas que atribuir automáticamente la dificultad a la falta de paciencia.

 

 

Antes de enseñar a esperar, ¿qué debemos tener en cuenta?

Antes de comenzar, hay una pregunta que merece la pena hacerse: ¿es realmente necesario que espere en esta situación?

No todas las esperas son inevitables. A veces podemos entregar un objeto, facilitar el acceso a una actividad o reorganizar una rutina sin que nadie tenga que esperar. En otras ocasiones, esperar unos segundos es necesario para respetar el turno de otra persona o completar una actividad compartida. Distinguir entre ambas situaciones evita convertir la espera en un objetivo por sí mismo.

También conviene tener en cuenta los siguientes aspectos:

  • Lo que comprende actualmente. No podemos dar por hecho que entiende una cuenta atrás, un reloj, una tarjeta o una explicación verbal. Debemos observar cómo interpreta la información y adaptar los apoyos.
  • La dificultad de la situación. Si todavía no puede esperar durante un intervalo breve sin un malestar significativo, comenzar con una espera larga probablemente no facilitará el aprendizaje. Podemos reducir el tiempo, ofrecer más información o modificar las condiciones.

El punto de partida no debe ser lo que consideramos que un niño de su edad tendría que hacer, sino las habilidades que muestra en ese momento y los apoyos que necesita.

 

 

Cómo enseñar a esperar paso a paso

 

1. Elegir una situación cotidiana y concreta

Es preferible comenzar con una situación habitual, predecible y fácil de organizar. Por ejemplo, esperar unos segundos mientras una persona prepara una pieza para completar un juego puede ser más sencillo que esperar durante varios minutos para salir de casa.

No es necesario practicar todas las situaciones a la vez. Podemos empezar por una y observar qué sucede.

También es importante que la actividad tenga sentido para el niño. No necesitamos crear esperas artificiales constantemente ni retrasar el acceso a cosas que están disponibles solo para comprobar si puede tolerar la demora. La enseñanza debe estar relacionada con una necesidad real de participación.

 

2. Empezar con una espera breve y razonable

Una vez elegida la situación, debemos observar cuánto tiempo puede esperar el niño con los apoyos disponibles. Si puede hacerlo durante unos segundos sin un malestar significativo, podemos comenzar por ese intervalo. Si todavía necesita acceder inmediatamente a lo que ha pedido, podemos reducir la demora y ofrecer más ayuda.

Imaginemos que está completando un puzle y necesita una pieza que tenemos en la mano. Podemos mostrarle la pieza, anticipar que se la vamos a entregar y dedicar unos segundos a preparar el siguiente paso, siempre que esa pequeña demora tenga sentido en la actividad.

No se trata de prolongar el tiempo hasta que deje de protestar. Una espera demasiado difícil no enseña necesariamente a esperar mejor. Puede aumentar la incertidumbre y hacer que la situación resulte cada vez menos predecible.

Si observamos un malestar importante, debemos revisar la duración, los apoyos y la necesidad de mantener esa espera.

 

3. Explicar qué ocurrirá y cuándo terminará

La información que ofrecemos debe ser comprensible y ajustarse a lo que realmente va a suceder.

En lugar de repetir «espera un poco», podemos decir:

  • «Primero termina este turno y después juegas tú».
  • «Cuando termine de preparar la merienda, te doy la tuya».
  • «Guardamos estos materiales y después sacamos el coche».
  • «Cuando termine la canción, nos toca salir».

Estas expresiones son ejemplos, no fórmulas que funcionen con todos los niños. Debemos elegir palabras que comprendan y acompañarlas con otros apoyos cuando sea necesario.

También tenemos que cumplir lo que anticipamos. Si decimos que podrá jugar cuando termine el turno de su hermana, es importante facilitarle el acceso en ese momento, siempre que las circunstancias lo permitan.

Si no podemos cumplir lo previsto, conviene explicarlo de una forma accesible y ofrecer información sobre la nueva situación. Las señales de anticipación ayudan cuando son fiables; si cambiamos constantemente las condiciones, pueden dejar de resultar útiles.

 

4. Utilizar apoyos visuales cuando los necesite

Los apoyos visuales pueden hacer que una situación sea más comprensible, especialmente cuando las explicaciones verbales no son suficientes. No todos los apoyos sirven para lo mismo ni todos los niños los interpretan de igual manera. Algunas posibilidades son:

  • Tableros de primero-después. Muestran dos acontecimientos consecutivos. Por ejemplo, primero guardar los bloques y después sacar los coches.
  • Tarjetas de turno. Ayudan a identificar quién está participando y quién tendrá el siguiente turno.
  • Secuencias visuales. Presentan los pasos de una actividad para que el niño pueda anticipar qué falta antes de que llegue el momento esperado.
  • Temporizadores visuales. Pueden ayudar cuando el niño comprende la representación del tiempo y le resulta útil observar cómo transcurre. Si no entiende el temporizador o le genera más inquietud, debemos elegir otro recurso.

Por ejemplo, durante un juego de mesa podemos utilizar fotografías de los participantes para indicar a quién le toca. Así, la información no depende exclusivamente de que una persona adulta repita continuamente quién debe jugar.

Los apoyos visuales no son una solución universal. Su utilidad depende de cómo se presenten, de su significado para el niño y de que los interlocutores los utilicen de manera coherente. Puedes consultar la guía de Autism Speaks sobre apoyos visuales como recurso complementario. Conviene seleccionar y adaptar los materiales a las preferencias y necesidades de cada persona, sin asumir que un mismo formato es adecuado para todo el mundo.

 

5. Enseñar qué puede hacer mientras espera

Esperar no tiene por qué significar quedarse quieto, en silencio y sin hacer nada. Imaginemos que un niño quiere utilizar un material que está usando otra persona. Le decimos que espere, pero no le explicamos cuánto falta ni qué puede hacer mientras tanto. Es posible que la situación le resulte difícil porque no tiene información suficiente para orientarse. Podemos facilitar su participación de distintas maneras:

  • Ofrecerle la posibilidad de elegir entre dos actividades disponibles.
  • Mostrarle una secuencia que le permita anticipar cuándo llegará su turno.
  • Invitarle a participar en otra parte del juego.
  • Facilitarle un objeto o una actividad que le resulte agradable, si le apetece.
  • Enseñarle a preguntar cuándo le toca o a pedir información.

No es necesario que siempre tenga una actividad alternativa. Puede preferir observar, moverse, manipular un objeto o seguir lo que está haciendo otra persona.

Lo importante es no convertir la espera en una exigencia de inmovilidad. Si necesita movimiento, manipular materiales o realizar alguna acción que le ayude a regularse, podemos valorar cómo incorporarla a la situación.

 

6. Reconocer los avances sin exigir que oculte el malestar

Cuando el niño consigue participar en una situación de espera con los apoyos previstos, podemos reconocer lo que ha hecho y facilitar que acceda a aquello que estaba esperando. Por ejemplo: «Has mirado la tarjeta para saber cuándo te tocaba. Ahora es tu turno».

Sin embargo, debemos distinguir entre completar el intervalo acordado y conseguir que el niño no exprese ninguna señal de malestar.

Puede haber comprendido la secuencia y seguir sintiéndose frustrado. También puede necesitar preguntar varias veces cuánto falta o pedir ayuda durante el proceso.

Estas respuestas no significan necesariamente que no esté aprendiendo. Nos aportan información sobre qué apoyos necesita y cómo podemos facilitar su participación.

Si la espera se convierte en una situación de angustia, no debemos prolongarla para conseguir que termine sin protestar. Conviene revisar la dificultad y ajustar la enseñanza.

 

7. Ajustar la dificultad según sus necesidades

Cuando el niño consigue participar en una situación concreta, podemos valorar qué cambio le ayudaría a desenvolverse mejor. A veces tendrá sentido ampliar ligeramente el intervalo. En otras ocasiones, será más útil mantener la duración y practicar cómo consultar una señal visual, pedir ayuda o comunicar que necesita una alternativa.

No existe un tiempo universal que todos los niños deban alcanzar. Tampoco es necesario aumentar la espera de forma automática porque el niño haya conseguido completar un intervalo durante varios días. La decisión debe basarse en lo que observamos y en la utilidad de la habilidad para su vida cotidiana.

Por ejemplo, si un niño ya puede esperar su turno en un juego con dos participantes, quizá el siguiente objetivo sea participar en un juego con otra persona, manteniendo las ayudas que necesita. No sería imprescindible aumentar la duración de la espera si eso no aporta ningún beneficio.

 

8. Practicar en diferentes contextos, sin retirar los apoyos antes de tiempo

Una habilidad aprendida en una situación no se generaliza necesariamente a todas las demás. Un niño puede esperar su turno durante un juego tranquilo en casa y necesitar más ayuda en el parque, donde hay ruido, movimiento y muchas personas. También puede desenvolverse bien con un interlocutor conocido y necesitar apoyos adicionales en un contexto diferente. Por eso, conviene practicar en situaciones cotidianas que guarden relación con aquello que ya conoce e introducir cambios de manera gradual.

Podemos comenzar con un juego familiar y, cuando resulte adecuado, practicar con otra persona o en un entorno diferente. Si necesita las tarjetas, las fotografías, las explicaciones o el temporizador, podemos mantenerlos.

La finalidad no es retirar los apoyos cuanto antes, sino comprobar cuáles le permiten participar con mayor autonomía. Necesitar un apoyo visual, una explicación o la ayuda de otra persona no invalida el aprendizaje. En muchas situaciones, disponer de esos recursos es precisamente lo que hace posible participar.

 

 

¿Qué hacemos si la espera le provoca mucho malestar?

Esta es una de las situaciones que más preocupan a las familias. Han anticipado lo que va a ocurrir, han utilizado un apoyo visual y, aun así, su hijo comienza a llorar, gritar o intentar coger aquello que desea.

¿Qué hacemos entonces?

Lo primero es no convertir ese momento en una lucha por demostrar quién tiene razón. Cuando el malestar aumenta, repetir la misma instrucción con más insistencia no necesariamente ayudará al niño a comprender mejor la situación.

Podemos empezar por reducir la presión, hablar con frases breves y comprobar si entiende lo que está ocurriendo. Si es posible acortar la espera, ofrecer una alternativa o facilitar el acceso a la actividad sin perjudicar a otras personas, merece la pena valorarlo.

También podemos ofrecer una forma accesible de comunicar lo que necesita. Una tarjeta con «ayuda», una opción para elegir otra actividad o una forma de preguntar cuándo le toca pueden ser útiles si el niño comprende y utiliza esos recursos.

Si la situación se vuelve abrumadora, puede ser necesario interrumpir el aprendizaje y priorizar la seguridad y la regulación. No hace falta aprovechar cada dificultad como una oportunidad para entrenar una habilidad. Más adelante, cuando la situación haya pasado, podemos revisar qué ocurrió. Quizá la espera era demasiado larga, la anticipación no se entendía, el entorno resultaba incómodo o la actividad tenía una dificultad que no habíamos previsto.

No siempre encontraremos una explicación inmediata. Observar diferentes situaciones nos ayudará a identificar patrones y a decidir qué cambios pueden facilitar la próxima experiencia.

Si las dificultades son frecuentes, intensas o afectan de forma importante a la vida familiar, puede ser útil consultar con profesionales que conozcan al niño y puedan analizar las situaciones concretas junto con la familia.

 

 

preguntas frecuentes en autismo

Preguntas frecuentes sobre cómo enseñar a esperar

– ¿A qué edad debe aprender un niño a esperar?

No existe una edad única a la que todos los niños deban dominar esta habilidad. La comprensión del tiempo, los turnos y las situaciones sociales varía entre personas y depende de múltiples factores.

En el caso de los niños autistas y los niños con discapacidad intelectual, es especialmente importante observar sus habilidades actuales y proporcionar los apoyos que necesiten, sin utilizar únicamente la edad cronológica como referencia.

 

– ¿Qué hago si mi hijo no consigue esperar ni unos segundos?

Lo primero es revisar la situación. Quizá la espera no sea necesaria, quizá no comprenda lo que le estamos indicando o quizá necesite más apoyo para anticipar lo que va a ocurrir.

Podemos empezar por una situación más sencilla, reducir la demora y ofrecer información comprensible. Si muestra un malestar importante, no es necesario insistir en ese momento.

 

– ¿Es recomendable utilizar un temporizador?

Puede ser útil si el niño comprende cómo funciona y la información que ofrece le ayuda a anticipar el final de la espera. Sin embargo, no es imprescindible ni adecuado para todo el mundo. Algunos niños comprenden mejor una secuencia visual, una canción, una actividad que marca el final o una explicación breve sobre qué tiene que ocurrir antes de que llegue su turno.

Lo importante es que el recurso elegido tenga sentido para el niño.

 

– ¿Debo entregarle lo que pide cuando empieza a llorar?

No existe una respuesta universal que pueda aplicarse a todas las situaciones. Es necesario comprender qué está ocurriendo, qué necesita el niño y si existe alguna razón para mantener la espera.

Si necesita algo básico, está expresando dolor o se encuentra en una situación de riesgo, debemos priorizar su necesidad y seguridad. En otras situaciones, podemos mantener un turno o una secuencia acordada, siempre que sea razonable y podamos ofrecerle información y apoyo.

El llanto, por sí solo, no permite determinar qué respuesta será la más adecuada. Conviene evitar tanto ceder o negar automáticamente como convertir la situación en una confrontación.

 

– ¿Cómo puedo enseñar a esperar si mi hijo utiliza un SAAC?

Podemos incorporar al sistema de comunicación las opciones que le permitan participar en estas situaciones: «mi turno», «¿cuándo?», «ayuda», «otra actividad», «terminar» o «descansar», según sus necesidades y su sistema de comunicación.

También podemos modelar el uso de esas palabras o símbolos mientras hablamos. La comunicación debe seguir disponible durante la espera. El objetivo es ampliar las posibilidades de expresión, no añadir una barrera más.

 

 

Enseñar a esperar también significa aprender a acompañar

Aprender a esperar puede facilitar la participación en juegos, rutinas y actividades compartidas. Sin embargo, esta habilidad no debe convertirse en una prueba constante de paciencia ni en una exigencia de adaptación a cualquier circunstancia.

Las familias pueden ayudar mucho cuando hacen las situaciones más comprensibles, anticipan lo que va a suceder, ofrecen formas accesibles de comunicación y ajustan sus expectativas a las necesidades de sus hijos.

A veces, el avance será esperar unos segundos. En otras ocasiones, será aprender a preguntar cuándo llegará el turno, utilizar un apoyo visual o pedir una alternativa antes de que la situación resulte demasiado difícil.

Cada uno de esos pasos puede tener valor si facilita una participación más segura y significativa.

En CAYP Centro Aprendizaje y Psicología, en Albacete, trabajamos para acompañar a las familias en la comprensión de las necesidades de sus hijos y en la búsqueda de estrategias ajustadas a sus rutinas y objetivos cotidianos. Si las situaciones de espera están generando dificultades en casa, puede ser útil analizar ejemplos concretos y valorar qué cambios ayudarían a que fueran más comprensibles y accesibles para todos.

 

 

Beatriz Rives, directora del Centro Aprendizaje y Psicología de Albacete.Beatriz Rives García
Psicóloga General Sanitaria, colegiada nº CM-01981 y Board Certified Behavior Analyst (BCBA) nº 1-21-51539. Especializada en autismo, análisis aplicado de conducta (ABA) y necesidades educativas especiales.
Más información sobre mí.

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