Comprender las rabietas en autismo y cómo ayudar sin castigos
Las rabietas intensas en niños con autismo son una de las preocupaciones más frecuentes de las familias. Gritos, llanto, tirarse al suelo, empujar o lanzar objetos pueden generar mucha tensión y sensación de no saber qué hacer. Esto ocurre con muchos niños, pero es especialmente habitual en niños con autismo o necesidades educativas especiales.
En nuestro centro de autismo en Albacete, muchas familias llegan con la misma duda: ¿qué hago cuando mi hijo tiene una rabieta muy fuerte?
Lo primero que conviene entender es que, en la mayoría de los casos, una rabieta intensa no es desobediencia ni manipulación. Es una señal de que el niño está desbordado y no tiene todavía las herramientas necesarias para gestionar lo que está pasando.
Cuando cambiamos esta forma de verlo, es más fácil encontrar estrategias que realmente ayuden.
Las rabietas son una forma de comunicación
Aunque a veces parezca que el niño está “perdiendo el control”, en realidad la conducta suele tener una función. Es decir, está intentando comunicar algo, aunque no lo haga de forma clara.
Una rabieta puede aparecer por muchos motivos:
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frustración al no conseguir algo
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dificultad para comunicar lo que quiere
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cambios inesperados en la rutina
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cansancio o hambre
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exceso de estímulos (ruido, gente, luces)
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dificultad para esperar
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dificultad para tolerar una negativa
Por eso, más que preguntarnos “¿por qué hace esto?”, suele ser más útil preguntarse: ¿qué está necesitando en ese momento?
Comprender esto no significa permitir cualquier conducta, sino entender qué está ocurriendo para poder enseñar alternativas más adecuadas.
Qué hacer durante una rabieta intensa
Cuando el niño ya está en plena rabieta, el objetivo principal no es corregir ni dar explicaciones largas. En ese momento lo más importante es mantener la seguridad y ayudar a que el niño vuelva a calmarse.
Algunas pautas útiles son:
1. Mantener la calma
Los niños perciben fácilmente el estado emocional de los adultos. Si respondemos gritando o enfadándonos, la situación suele escalar más.
Hablar con un tono tranquilo y usar frases simples puede ayudar a que la intensidad vaya bajando poco a poco.
2. Reducir estímulos
Si es posible, conviene reducir aquello que pueda estar sobrecargando al niño: ruido, gente alrededor, luces fuertes o muchas demandas al mismo tiempo.
A veces simplemente cambiar de espacio puede ayudar.
3. Evitar discutir o razonar demasiado
En pleno momento de rabieta el niño no está preparado para escuchar explicaciones largas. Intentar razonar en ese momento suele empeorar la situación.
Las explicaciones pueden hacerse cuando el niño ya está tranquilo.
4. Asegurar el entorno
Si hay riesgo de que el niño se haga daño o haga daño a otros, es importante intervenir para mantener la seguridad, retirando objetos peligrosos o guiándolo hacia un espacio más seguro.
Lo más importante ocurre antes y después
Aunque las rabietas intensas llaman mucho la atención, la parte más importante del trabajo ocurre fuera del momento de crisis.
Muchos niños tienen rabietas intensas porque todavía no han aprendido ciertas habilidades que les permitan manejar mejor la frustración o expresar lo que necesitan.
Por ejemplo:
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pedir ayuda
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pedir descanso
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esperar turnos
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tolerar cambios pequeños
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expresar que algo no les gusta
Cuando estas habilidades se enseñan de forma progresiva, muchas rabietas intensas disminuyen con el tiempo, porque el niño ya tiene otras formas de comunicarse o resolver la situación.
Este trabajo suele formar parte de programas de intervención basados en la evidencia científica, como el Análisis Conductual Aplicado (ABA), donde se diseñan programas individualizados centrados en el aprendizaje de habilidades funcionales.
Pero no todo depende del niño. El entorno también tiene un papel fundamental. En muchas ocasiones, los adultos podemos ayudar a prevenir o reducir las rabietas si ajustamos ciertas condiciones del contexto.
Por ejemplo:
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anticipar cambios o transiciones
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preparar al niño para lo que va a ocurrir
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reducir estímulos cuando el entorno es demasiado intenso
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ajustar las demandas al momento del niño
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ofrecer apoyos o alternativas antes de que aparezca la frustración
Cuando los adultos aprendemos a observar estas situaciones y a hacer pequeños ajustes, muchas crisis pueden prevenirse o reducirse en intensidad.
El papel de la familia
Las familias tienen un papel fundamental en este proceso. Muchas de las habilidades que los niños aprenden se practican en casa, en el parque, en el colegio o en situaciones cotidianas.
Por eso es habitual que parte del trabajo incluya entrenamiento o acompañamiento a padres y profesionales, para que puedan aplicar estrategias en el día a día y facilitar que las habilidades aprendidas se generalicen al entorno natural.
Cuando todos los adultos que rodean al niño utilizan estrategias similares y ajustan el entorno de forma adecuada, el aprendizaje suele ser más rápido y estable.
En muchos casos, comprender mejor por qué aparecen las rabietas, aprender a anticipar ciertas situaciones y aplicar pequeñas estrategias de apoyo ya produce cambios importantes en la dinámica familiar.
Un cambio de mirada que ayuda
Las rabietas intensas pueden ser momentos muy difíciles para las familias, pero también son una oportunidad para comprender mejor qué necesita el niño.
Cuando dejamos de verlas como un “mal comportamiento” y empezamos a entenderlas como una señal de que el niño necesita apoyo, es mucho más fácil encontrar estrategias que realmente funcionen.
Con el acompañamiento adecuado y la enseñanza progresiva de nuevas habilidades, muchos niños aprenden a comunicar mejor lo que sienten, manejar la frustración y desenvolverse con mayor autonomía en su vida diaria.