Cuando aparece una conducta que preocupa a las familias o a los profesionales, es habitual que el primer objetivo sea conseguir que desaparezca cuanto antes. Se corrige, se ponen límites o se aplican consecuencias con la esperanza de que el niño deje de hacerlo. Sin embargo, aunque en ocasiones la conducta disminuya temporalmente, con frecuencia vuelve a aparecer o es sustituida por otra diferente.
Esto ocurre porque, en la mayoría de los casos, la conducta estaba cumpliendo una función. Quizá el niño intentaba pedir ayuda, comunicar que necesitaba un descanso, acceder a un objeto, evitar una tarea demasiado difícil o expresar una necesidad para la que todavía no disponía de una forma de comunicación más eficaz.
Por ese motivo, una intervención basada en la evidencia no se limita a intentar reducir una conducta problemática. El verdadero objetivo consiste en enseñar una conducta alternativa que permita satisfacer esa misma necesidad de una forma más funcional, eficaz y adaptativa.
Este enfoque se conoce como Entrenamiento en Comunicación Funcional (Functional Communication Training o FCT) y cuenta con un amplio respaldo científico desde los trabajos de Carr y Durand (1985), que demostraron que enseñar formas funcionales de comunicación puede reducir de manera significativa muchas conductas que interfieren en el aprendizaje y en la vida diaria.
Antes de decidir qué conducta enseñar, es fundamental comprender por qué aparece la conducta inicial. Si todavía no conoces este proceso, te recomendamos leer nuestro artículo sobre Funciones de la conducta, donde explicamos cómo identificar qué necesidad está intentando satisfacer un comportamiento antes de intervenir.
En el siguiente artículo descubrirás qué son las conductas alternativas, por qué resultan tan importantes, cómo elegir la más adecuada en cada situación y qué estrategias favorecen que la persona pueda utilizarlas de forma espontánea en su vida diaria.
¿Qué son las conductas alternativas?
Las conductas alternativas son habilidades que enseñamos para que una persona pueda conseguir el mismo resultado que obtenía mediante una conducta problemática, pero utilizando una forma de comunicación o de actuación más eficaz, funcional y adaptativa.
Lo más importante no es que la nueva conducta sea «más correcta», sino que cumpla la misma función. Si una conducta problemática servía para pedir ayuda, la conducta alternativa también debe permitir pedir ayuda. Si la función era solicitar un descanso, la nueva habilidad deberá ofrecer una forma sencilla de comunicar esa necesidad.
Por ejemplo:
Un niño que grita para llamar la atención puede aprender a decir «ven», levantar la mano o utilizar un pictograma para pedir compañía.
Un niño que tira los materiales cuando una tarea le resulta demasiado difícil puede aprender a pedir ayuda o solicitar un descanso.
Una persona que empuja para conseguir un juguete puede aprender a señalarlo, pedir turno o utilizar su sistema aumentativo o alternativo de comunicación (SAAC).
Como puedes observar, el objetivo no es impedir que la persona consiga aquello que necesita, sino enseñarle una forma de conseguirlo que facilite la comunicación, la participación y las relaciones con los demás.
Este principio constituye la base del Entrenamiento en Comunicación Funcional (FCT), una de las intervenciones con mayor respaldo científico para reducir conductas que interfieren en el aprendizaje mediante la enseñanza de habilidades comunicativas funcionales. Además, la American Speech-Language-Hearing Association (ASHA) destaca que proporcionar formas eficaces de comunicación reduce la frustración y favorece una mayor participación en los diferentes entornos.
Cuando la persona dispone de varias formas eficaces de comunicar sus necesidades disminuye la frustración, aumenta su autonomía y mejora su participación en la vida diaria. Ese es el verdadero objetivo de enseñar conductas alternativas: no solo reducir una conducta que genera dificultades, sino ampliar las oportunidades de comunicación y aprendizaje.
¿Por qué es un error intentar eliminar una conducta sin enseñar otra?
Uno de los errores más frecuentes cuando aparece una conducta problemática es centrar todos los esfuerzos en conseguir que desaparezca. Aunque esta reacción es comprensible, reducir una conducta no significa necesariamente que la persona haya aprendido una forma mejor de satisfacer la necesidad que la originó.
Si un niño grita para pedir ayuda y únicamente conseguimos que deje de gritar, seguirá necesitando ayuda. Si tira los materiales para escapar de una tarea demasiado difícil y solo intentamos impedir que lo haga, la dificultad seguirá presente. En ambos casos, la necesidad continúa existiendo, aunque la conducta haya cambiado o disminuido temporalmente.
Por este motivo, las intervenciones más eficaces no se centran únicamente en reducir conductas, sino en enseñar habilidades que permitan conseguir el mismo objetivo de una forma más funcional.
Por ejemplo, si un niño empuja para conseguir un juguete, el objetivo no debería ser únicamente que deje de empujar. También necesita aprender una forma alternativa de pedir ese juguete, como señalarlo, utilizar una palabra, un gesto o un sistema aumentativo o alternativo de comunicación (SAAC).
Del mismo modo, si una persona llora para escapar de una tarea que le resulta demasiado difícil, será mucho más útil enseñarle a pedir ayuda o solicitar un descanso que insistir únicamente en que deje de llorar.
Este cambio de perspectiva transforma por completo la intervención. Dejamos de preguntarnos «¿cómo hago para que deje de hacerlo?» y empezamos a preguntarnos «¿qué habilidad necesita aprender para no tener que recurrir a esa conducta?».
Si deseas profundizar en cómo interpretar muchos comportamientos como intentos de comunicación, también puede interesarte el artículo Conductas problemáticas en niños con autismo o conductas comunicativas.
La evidencia científica y las recomendaciones de organismos como el National Institute for Health and Care Excellence (NICE) coinciden en que las intervenciones deben priorizar el desarrollo de habilidades funcionales y adaptarse a las necesidades individuales de cada persona, en lugar de centrarse exclusivamente en eliminar conductas que generan dificultades.
¿Cómo elegir una buena conducta alternativa?
No cualquier habilidad puede convertirse en una buena conducta alternativa. Para que una persona la utilice de forma espontánea, debe resultarle más fácil, rápida y eficaz que la conducta problemática para conseguir el mismo objetivo.
Si la nueva habilidad requiere un esfuerzo mucho mayor o no produce el resultado esperado, es probable que la persona continúe utilizando la conducta que ya sabe que funciona.
Por eso, antes de enseñar una conducta alternativa conviene hacerse algunas preguntas:
¿Cumple la misma función que la conducta problemática?
¿Es adecuada para la edad y el nivel de desarrollo de la persona?
¿Tiene las habilidades necesarias para aprenderla?
¿Podrá utilizarla en los diferentes entornos donde la necesite?
¿Las personas de su entorno responderán de forma consistente cuando la utilice?
La conducta alternativa tampoco tiene por qué ser siempre el lenguaje oral. Dependiendo de las capacidades y preferencias de cada persona, puede consistir en utilizar una palabra, un gesto, señalar, enseñar un pictograma, pulsar un comunicador o emplear cualquier otro sistema aumentativo o alternativo de comunicación (SAAC).
Por ejemplo, si un niño todavía no puede decir «ayuda», puede ser mucho más eficaz enseñarle a levantar una tarjeta con esa palabra o pulsar un botón en su comunicador que insistir en que utilice el habla antes de estar preparado para ello. Lo importante es que disponga de una forma de comunicación que funcione cuando realmente la necesita.
La American Speech-Language-Hearing Association (ASHA) recuerda que todas las modalidades de comunicación son válidas cuando permiten a la persona expresar sus necesidades y participar de forma activa en su entorno.
Además, la conducta alternativa debe enseñarse antes de que aparezca la situación problemática. Resulta mucho más fácil aprender una nueva habilidad cuando la persona está tranquila que intentar enseñarla en mitad de una crisis.
Si la conducta alternativa consiste, por ejemplo, en pedir un descanso, conviene practicar esa habilidad en diferentes momentos del día para que pueda utilizarla de forma espontánea cuando realmente la necesite. Si quieres conocer una estrategia práctica para enseñar esta habilidad, te recomendamos leer nuestro artículo Enseñar a pedir descanso. También puede resultarte útil Modelado: enseñar haciendo, donde explicamos cómo enseñar nuevas habilidades mostrando a la persona qué hacer en situaciones reales.
Ejemplos de conductas alternativas según la función de la conducta
Una de las claves para que una conducta alternativa sea eficaz es que permita conseguir el mismo objetivo que la conducta problemática. Por eso, antes de decidir qué enseñar, es imprescindible identificar cuál es la función de esa conducta.
La misma conducta puede tener funciones diferentes en personas distintas e, incluso, en una misma persona según el contexto. Por este motivo, no existen soluciones universales. La intervención siempre debe adaptarse a las necesidades individuales.
Estos son algunos ejemplos frecuentes:
Cuando la persona busca atención
Si un niño grita, golpea la mesa o interrumpe constantemente para que un adulto le preste atención, el objetivo no es enseñarle simplemente a dejar de hacerlo. La conducta alternativa debe ofrecerle una forma más eficaz de conseguir esa atención.
Por ejemplo, puede aprender a levantar la mano, acercarse al adulto, decir su nombre, tocarle suavemente el brazo o utilizar un pictograma para solicitar interacción.
Cuando quiere pedir un objeto o una actividad
En ocasiones, la conducta problemática aparece porque la persona no sabe cómo pedir aquello que desea.
En estos casos, la conducta alternativa puede consistir en señalar el objeto, utilizar una palabra, hacer un gesto, intercambiar un pictograma o emplear un comunicador con salida de voz. Lo importante es que la persona descubra que esa nueva forma de comunicación le permite conseguir lo que necesita de una manera más eficaz.
Cuando intenta escapar o evitar una tarea
Si una actividad resulta demasiado difícil, larga o frustrante, algunas personas intentan evitarla mediante el llanto, los gritos o el rechazo.
En lugar de centrarnos únicamente en eliminar esas conductas, podemos enseñar habilidades como pedir ayuda, solicitar un descanso o expresar que necesitan unos minutos antes de continuar.
Cuando busca satisfacer una necesidad sensorial
En algunos casos, conductas como darse cabezazos, morderse las manos o golpearse el cuerpo pueden cumplir una función sensorial, es decir, proporcionar una estimulación que la persona necesita o ayudarle a regularse en determinadas situaciones.
En estos casos, la conducta alternativa debe ofrecer una forma más segura de satisfacer esa misma necesidad. Por ejemplo, si una persona se da cabezazos porque la presión o el impacto le proporciona una estimulación sensorial que le ayuda a regularse, puede enseñársele a utilizar estrategias como presionar una almohada contra su cabeza, realizar ejercicios de presión profunda, utilizar un cojín de compresión o pedir una actividad de movimiento que le proporcione una estimulación similar sin riesgo de lesión.
Antes de enseñar cualquier conducta alternativa, es fundamental realizar una evaluación funcional para confirmar que la conducta cumple realmente una función sensorial y seleccionar los apoyos más adecuados para esa persona.
¿Cómo enseñar una conducta alternativa paso a paso?
Enseñar una conducta alternativa requiere mucho más que indicar a la persona qué debería hacer. Para que una nueva habilidad llegue a utilizarse de forma espontánea, es necesario planificar su enseñanza y ofrecer numerosas oportunidades para practicarla en situaciones reales.
Aunque cada intervención debe adaptarse a las características de la persona, estos son los pasos que suelen favorecer un aprendizaje más eficaz.
1. Identificar la función de la conducta
Antes de enseñar cualquier habilidad, es imprescindible comprender qué necesidad está intentando satisfacer la conducta problemática.
No es lo mismo un niño que grita para pedir ayuda que otro que grita para evitar una tarea o para llamar la atención. La conducta puede parecer la misma, pero la intervención será diferente.
2. Elegir una conducta que pueda utilizar con éxito
La conducta alternativa debe ser sencilla, accesible y eficaz para esa persona. Si resulta demasiado compleja o no consigue el mismo resultado que la conducta problemática, es poco probable que llegue a utilizarla de forma habitual.
En algunos casos bastará con enseñar una palabra. En otros será más adecuado utilizar un gesto, señalar, un pictograma o un comunicador. Lo importante es que la nueva habilidad se adapte a las capacidades y necesidades de la persona.
3. Enseñarla mediante el modelado
Las personas aprenden mejor cuando pueden observar cómo se realiza una habilidad antes de intentar utilizarla por sí mismas.
Por eso, resulta muy útil modelar la conducta alternativa en diferentes momentos del día, mostrando de forma natural cómo pedir ayuda, solicitar un descanso, hacer una elección o expresar una necesidad.
4. Practicar antes de que aparezca la dificultad
Uno de los errores más frecuentes es intentar enseñar una conducta alternativa cuando la persona ya está muy frustrada o en plena crisis.
El aprendizaje resulta mucho más eficaz cuando se practica en situaciones tranquilas, de manera repetida y en diferentes contextos, para que la persona pueda utilizar la nueva habilidad cuando realmente la necesite.
5. Reforzar cada intento de comunicación
Cuando la persona utiliza la conducta alternativa, es importante responder de forma inmediata y coherente.
Si ha pedido ayuda de una manera adecuada, debe recibir ayuda. Si ha solicitado un descanso, siempre que sea posible, conviene respetar esa petición. De este modo, la persona aprende que utilizar la nueva habilidad funciona y tendrá más probabilidades de volver a emplearla en el futuro.
6. Favorecer la generalización
El objetivo no es que la conducta alternativa aparezca únicamente durante una sesión de intervención, sino que la persona pueda utilizarla en casa, en el colegio, durante las actividades de ocio y en cualquier contexto donde la necesite.
Para conseguirlo, es fundamental que familias, profesionales y centro educativo compartan estrategias similares y respondan de forma coherente cuando la persona utiliza la nueva habilidad.
La evidencia científica muestra que la coordinación entre los diferentes entornos favorece el mantenimiento de los aprendizajes y aumenta las oportunidades de participación en la vida diaria. Las guías del National Institute for Health and Care Excellence (NICE) también recomiendan que las intervenciones se desarrollen de forma individualizada y coordinada entre los distintos contextos en los que participa la persona.
Errores frecuentes al enseñar conductas alternativas
Enseñar conductas alternativas es una de las estrategias más eficaces para favorecer la comunicación y reducir conductas que interfieren en la vida diaria. Sin embargo, algunos errores pueden dificultar el aprendizaje o hacer que la nueva habilidad no llegue a utilizarse de forma espontánea.
Conocer estos errores permite evitarlos y aumentar las probabilidades de éxito.
Esperar a que aparezca la conducta para enseñar
Uno de los errores más habituales es intentar enseñar la conducta alternativa cuando la persona ya está muy frustrada o en plena crisis.
En esos momentos resulta mucho más difícil aprender una habilidad nueva. Lo recomendable es practicarla previamente, en situaciones tranquilas y con numerosas oportunidades de éxito, para que pueda utilizarla cuando realmente la necesite.
Elegir una conducta demasiado difícil
La conducta alternativa debe adaptarse a las habilidades actuales de la persona.
Por ejemplo, si un niño todavía no utiliza lenguaje oral de forma funcional, pedirle que exprese frases completas probablemente no sea la mejor opción. En ese caso, puede ser más eficaz enseñarle a señalar, utilizar un gesto, un pictograma o un comunicador.
Lo importante no es la modalidad de comunicación, sino que resulte accesible y le permita expresar sus necesidades de forma eficaz.
No responder cuando utiliza la conducta alternativa
Una conducta solo se mantiene si consigue el resultado esperado.
Si una persona aprende a pedir ayuda de forma adecuada, pero nadie responde a esa petición, es probable que vuelva a utilizar la conducta que anteriormente sí le permitía conseguir atención o asistencia.
Por este motivo, es fundamental que las personas del entorno respondan de manera coherente cuando aparece la nueva habilidad.
Esperar que la utilice en cualquier situación desde el primer día
Aprender una habilidad nueva lleva tiempo.
Es normal que, al principio, la persona necesite ayuda, recordatorios o apoyos visuales para utilizar la conducta alternativa. Poco a poco, con la práctica y la experiencia, podrá emplearla de forma cada vez más autónoma en diferentes contextos.
Olvidar adaptar el entorno
No todas las dificultades dependen de la persona. En muchas ocasiones, pequeños cambios en el entorno pueden reducir la necesidad de recurrir a conductas problemáticas.
Ajustar el nivel de dificultad de una tarea, ofrecer elecciones, anticipar cambios importantes o facilitar herramientas de comunicación son estrategias que favorecen el aprendizaje y la participación.
Centrarse únicamente en reducir la conducta
El objetivo no es que una conducta desaparezca a cualquier precio, sino que la persona disponga de herramientas más eficaces para comunicar lo que necesita.
Cuando la intervención se centra exclusivamente en eliminar una conducta, existe el riesgo de pasar por alto la necesidad que la estaba originando. En cambio, cuando enseñamos habilidades funcionales de comunicación, autonomía y participación, el cambio suele ser más estable y generalizable.
Enseñar conductas alternativas mejora la calidad de vida
Enseñar conductas alternativas va mucho más allá de reducir comportamientos que generan dificultades. Su verdadero objetivo es que la persona disponga de herramientas eficaces para comunicarse, participar en su entorno y satisfacer sus necesidades de una forma que favorezca su bienestar y su autonomía.
Cuando una persona aprende a pedir ayuda, solicitar un descanso, expresar una elección o comunicar cómo se siente, disminuye la necesidad de recurrir a conductas que pueden interferir en su aprendizaje o en sus relaciones con los demás. No porque alguien le haya enseñado simplemente a «portarse bien», sino porque ahora dispone de formas de comunicación que realmente funcionan.
Este cambio también transforma la manera en que las familias, los profesionales y el entorno interpretan el comportamiento. La pregunta deja de ser «¿cómo hago para que deje de hacerlo?» y pasa a ser «¿qué necesita aprender para que no tenga que hacerlo?». Este enfoque permite diseñar intervenciones más respetuosas, eficaces y ajustadas a las necesidades de cada persona.
Además, enseñar conductas alternativas no solo beneficia a quien las aprende. También mejora la convivencia, reduce los momentos de frustración y favorece interacciones más positivas entre la persona y quienes la acompañan en su vida diaria.
Como hemos visto a lo largo del artículo, enseñar una conducta alternativa implica comprender primero la función del comportamiento, seleccionar una habilidad adecuada, enseñarla de forma explícita y ofrecer oportunidades para practicarla en diferentes contextos. Cuando todo este proceso se realiza de forma planificada, aumentan las posibilidades de que la nueva habilidad se mantenga a largo plazo.
Si necesitas orientación para comprender las conductas de tu hijo o quieres aprender a enseñar habilidades funcionales adaptadas a sus necesidades, en nuestro Centro de Aprendizaje en Albacete podemos ayudarte mediante una evaluación individualizada y un plan de intervención basado en la evidencia científica. Puedes conocer nuestros Servicios o contactar con nosotros para recibir asesoramiento personalizado.
Preguntas frecuentes sobre las conductas alternativas
– ¿Qué son las conductas alternativas?
Las conductas alternativas son habilidades que se enseñan para que una persona pueda satisfacer una necesidad de una forma más eficaz, funcional y adaptativa que mediante una conducta problemática. El objetivo no es únicamente que una conducta desaparezca, sino ofrecer una forma de comunicación o de actuación que permita conseguir el mismo resultado de manera más adecuada.
– ¿Por qué es importante enseñar conductas alternativas?
Porque reducir una conducta sin enseñar otra que cumpla la misma función suele hacer que el problema reaparezca o sea sustituido por otra conducta diferente.
Cuando una persona aprende nuevas formas de pedir ayuda, expresar una necesidad, solicitar un descanso o comunicar una elección, disminuye la necesidad de recurrir a conductas que interfieren en su aprendizaje o en su participación diaria.
– ¿Cómo sé qué conducta alternativa debo enseñar?
El primer paso consiste en identificar la función de la conducta problemática. Solo cuando comprendemos qué está intentando conseguir la persona podemos elegir una habilidad que le permita alcanzar ese mismo objetivo de una forma más eficaz.
– ¿Las conductas alternativas siempre consisten en hablar?
No. La conducta alternativa debe adaptarse a las capacidades y preferencias de cada persona.
Puede consistir en utilizar el lenguaje oral, un gesto, señalar, emplear pictogramas, un comunicador con salida de voz o cualquier otro sistema aumentativo o alternativo de comunicación (SAAC). Lo importante es que la persona disponga de una forma de comunicación que realmente pueda utilizar cuando la necesite.
– ¿Cuánto tiempo se tarda en aprender una conducta alternativa?
No existe un tiempo determinado. Dependerá de factores como la complejidad de la habilidad, las oportunidades para practicarla, la coordinación entre los diferentes entornos y las características de cada persona.
Lo importante es ofrecer numerosas oportunidades de aprendizaje, practicar en situaciones reales y responder de forma consistente cuando la persona utiliza la nueva habilidad.
– ¿Las conductas alternativas solo se utilizan en personas con autismo?
No. Aunque son una estrategia ampliamente utilizada en la intervención con personas autistas, también resultan muy útiles en personas con otras condiciones del neurodesarrollo o en cualquier situación en la que sea necesario desarrollar habilidades de comunicación, autonomía o regulación emocional.
El principio es siempre el mismo: enseñar una forma más eficaz de satisfacer una necesidad en lugar de centrarse únicamente en eliminar una conducta.
– ¿Cuándo conviene buscar ayuda profesional?
Es recomendable consultar con un profesional cuando las conductas problemáticas interfieren de forma significativa en el aprendizaje, la comunicación, la convivencia familiar o el bienestar de la persona.
Una evaluación individualizada permite identificar la función de esas conductas y diseñar un plan de intervención adaptado a las necesidades de cada persona, priorizando el desarrollo de habilidades funcionales y una comunicación más eficaz.
Beatriz Rives García
Psicóloga General Sanitaria, colegiada nº CM-01981 y Board Certified Behavior Analyst (BCBA) nº 1-21-51539. Especializada en autismo, análisis aplicado de conducta (ABA) y necesidades educativas especiales.
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