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ToggleFunciones de la conducta: la clave para entender el comportamiento infantil
Cuando un niño llora, grita, se tira al suelo, evita una tarea o golpea un objeto, es habitual que los adultos se pregunten «¿por qué hace esto?». Sin embargo, una pregunta todavía más útil es «¿para qué está ocurriendo esta conducta?». Comprender las funciones de la conducta es uno de los principios más importantes para entender el comportamiento infantil y ofrecer respuestas realmente eficaces.
Con frecuencia tendemos a fijarnos únicamente en lo que vemos: una rabieta, una negativa, un grito o una conducta que nos preocupa. Pero la conducta es solo la parte visible. Detrás de ella suele haber una necesidad, una dificultad o una forma de comunicación que todavía no sabemos interpretar.
Las funciones de la conducta nos ayudan precisamente a comprender qué está consiguiendo el niño con ese comportamiento, qué necesidad está intentando cubrir o qué nos está comunicando. Este cambio de perspectiva permite dejar de centrarnos exclusivamente en eliminar conductas y empezar a enseñar habilidades que favorezcan una participación más adaptada y una mejor calidad de vida.
Este enfoque resulta especialmente útil en niños con dificultades en la comunicación, como ocurre en muchas personas con trastorno del espectro autista (TEA). Si quieres conocer mejor las características del autismo y cómo pueden influir en el comportamiento, te recomendamos leer nuestro artículo Trastorno del Espectro Autista (TEA): qué es y cuáles son sus principales características.
En el siguiente artículo descubrirás qué son las funciones de la conducta, cuáles son las más frecuentes y cómo entenderlas puede ayudarte a acompañar el comportamiento infantil desde una perspectiva basada en la evidencia científica.
La conducta siempre tiene una función
Una de las ideas más importantes para comprender el comportamiento infantil es que toda conducta tiene una función. Es decir, ninguna conducta aparece «porque sí» o simplemente porque un niño «quiere portarse mal». Detrás de cada comportamiento hay una razón, aunque no siempre resulte evidente para quienes lo observan.
Cuando hablamos de funciones de la conducta, nos referimos a qué consigue el niño con esa conducta, qué necesidad está intentando cubrir o qué está tratando de comunicar en ese momento. Comprender este aspecto cambia por completo la forma de intervenir, ya que nos ayuda a buscar la causa del comportamiento en lugar de centrarnos únicamente en hacerlo desaparecer.
Esto es especialmente importante cuando el niño todavía no dispone de un lenguaje suficientemente desarrollado o presenta dificultades para expresar lo que siente, piensa o necesita. En estos casos, muchas conductas que los adultos interpretan como «desobediencia», «rabietas» o «mal comportamiento» pueden ser, en realidad, una forma de comunicación.
Precisamente por eso, antes de preguntarnos «¿cómo hago para que deje de hacerlo?», conviene preguntarnos «¿qué me está intentando decir con esta conducta?». Si quieres profundizar en esta idea, te recomendamos leer nuestro artículo ¿Conductas problemáticas en niños con autismo o conductas comunicativas?, donde explicamos por qué muchas conductas que generan preocupación cumplen una función comunicativa.
Comprender las funciones de la conducta significa entender qué necesidad hay detrás para poder enseñar una forma más adecuada de satisfacerla. Cuando intervenimos sobre la causa y no únicamente sobre la conducta visible, las estrategias suelen ser mucho más eficaces y respetuosas con el desarrollo del niño.
Las funciones más habituales de la conducta
Aunque cada niño es diferente y una misma conducta puede cumplir funciones distintas según el momento o el contexto, la investigación en análisis aplicado de la conducta ha identificado cuatro funciones de la conducta. Comprenderlas nos ayuda a responder de una manera más ajustada y a enseñar habilidades que sustituyan aquellas conductas que generan dificultades.
1. Obtener acceso a algo que desea
En ocasiones, la conducta aparece porque el niño quiere conseguir algo que le resulta valioso: un juguete, un alimento, una actividad, un dispositivo electrónico o cualquier otro objeto de interés.
Por ejemplo, un niño puede llorar, gritar o tirar de la mano de un adulto para conseguir una galleta o para que le lleven al parque. En estos casos, el objetivo no debería ser simplemente impedir la conducta, sino enseñar una forma más eficaz de pedir aquello que necesita.
Modelar cómo pedir ayuda, hacer una elección o solicitar un objeto suele ser mucho más útil que centrarse únicamente en corregir el comportamiento. Si quieres conocer una estrategia práctica para enseñar estas habilidades, puedes leer nuestro artículo Modelado: enseñar haciendo, donde explicamos cómo favorecer el aprendizaje mediante ejemplos y modelado del lenguaje.
2. Escapar o evitar una situación
Otra de las funciones de la conducta más frecuentes consiste en escapar o evitar una situación que resulta difícil, desagradable o demasiado exigente.
Por ejemplo, un niño puede negarse a hacer los deberes, esconderse, llorar o abandonar una actividad porque no la comprende, le resulta demasiado complicada o está cansado.
En estos casos, antes de interpretar la conducta como una desobediencia, conviene preguntarse:
¿La tarea está adaptada a su nivel?
¿Comprende qué se espera de él?
¿Necesita más ayuda o más tiempo?
¿La demanda es demasiado elevada en ese momento?
Cuando el objetivo de la conducta es escapar de una situación, la intervención suele centrarse en ajustar las demandas, enseñar a pedir ayuda o solicitar un descanso de forma adecuada, en lugar de obligar al niño a permanecer en una situación que no puede gestionar.
3. Regularse o disminuir el malestar
No todas las conductas buscan conseguir algo del entorno. En muchas ocasiones, la función de la conducta es ayudar a la persona a regularse emocional o sensorialmente.
Por ejemplo, un niño puede balancearse, repetir una acción, llorar, taparse los oídos o alejarse de un lugar porque está sobreestimulado, cansado, nervioso o necesita recuperar la calma.
En estas situaciones, la pregunta no debería ser «¿cómo hago para que deje de hacerlo?», sino «¿qué está ocurriendo para que necesite regularse de esta manera?»
Muchas veces, pequeños ajustes en el entorno, reducir el nivel de estimulación o permitir un tiempo de descanso resultan mucho más eficaces que intentar eliminar la conducta.
4. Conseguir atención o interacción social
Otra de las funciones de la conducta consiste en buscar la atención o la interacción con otras personas.
Todos necesitamos sentirnos escuchados, acompañados y conectados con quienes nos rodean. En algunos niños, especialmente cuando existen dificultades de comunicación, determinadas conductas pueden convertirse en la forma más eficaz que conocen para conseguir esa interacción.
Por ejemplo, un niño puede interrumpir constantemente, gritar o realizar determinadas conductas porque ha aprendido que así consigue que un adulto le mire, le hable o juegue con él.
En estos casos, el objetivo no es ignorar al niño, sino enseñarle formas más adecuadas de iniciar una interacción, pedir compañía o compartir una actividad. Cuantas más oportunidades tenga para conseguir atención mediante conductas comunicativas funcionales, menos necesitará recurrir a comportamientos que generan conflicto.
Comprender cuál de estas funciones de la conducta está presente en cada situación permite responder de una forma mucho más eficaz. La misma conducta —por ejemplo, llorar— puede tener funciones completamente distintas según el contexto. Por eso, antes de intervenir, siempre es necesario observar qué ocurre antes, durante y después de la conducta para identificar qué necesidad está intentando satisfacer.
¿Por qué entender la función de la conducta cambia la forma de intervenir?
Cuando no comprendemos las funciones de la conducta, es fácil centrar todos nuestros esfuerzos en intentar que el niño deje de hacer aquello que nos preocupa. Frases como «no hagas eso», «compórtate bien» o «deja de llorar» suelen dirigirse únicamente a la conducta visible, pero no a la necesidad que la está provocando.
Sin embargo, cuando entendemos por qué está ocurriendo una conducta, la intervención cambia por completo. Dejamos de preguntarnos «¿cómo elimino este comportamiento?» y empezamos a preguntarnos «¿qué necesita este niño para no tener que recurrir a esta conducta?»
Este cambio de perspectiva permite diseñar estrategias mucho más eficaces y respetuosas. En lugar de centrarnos únicamente en corregir, podemos:
Enseñar nuevas formas de comunicar necesidades.
Ajustar las demandas cuando resultan excesivas.
Adaptar el entorno para reducir barreras.
Favorecer habilidades que permitan al niño desenvolverse con mayor autonomía.
En muchas ocasiones, cuando una conducta cumple una función importante para el niño, intentar eliminarla sin ofrecer una alternativa solo consigue que aparezca frustración o que la conducta vuelva a repetirse.
Por este motivo, una parte fundamental de la intervención consiste en enseñar conductas alternativas que permitan conseguir el mismo objetivo de una forma más adaptativa. Por ejemplo, si un niño grita para pedir ayuda porque no sabe cómo hacerlo de otra manera, el objetivo no será únicamente reducir los gritos, sino enseñarle una forma eficaz de pedir ayuda. Si quieres conocer cómo se trabaja este proceso, te recomendamos leer nuestro artículo La importancia de enseñar conductas alternativas, donde explicamos por qué enseñar nuevas habilidades suele ser mucho más efectivo que intentar eliminar una conducta sin más.
Comprender las funciones de la conducta tampoco significa permitir cualquier comportamiento o dejar de establecer límites. Significa intervenir sobre la causa y no únicamente sobre las consecuencias. Cuando un niño dispone de mejores herramientas para comunicar, regularse o afrontar situaciones difíciles, muchas de las conductas que preocupan disminuyen de forma natural porque ya no las necesita para conseguir lo que busca.
Este enfoque, además de estar respaldado por la evidencia científica, favorece una relación más positiva entre el niño y las personas que lo acompañan. Dejamos de interpretar la conducta como un desafío personal y empezamos a verla como una oportunidad para comprender mejor sus necesidades y ofrecer los apoyos que realmente necesita.
¿Cómo empezar a entender la conducta de tu hijo?
No hace falta ser un especialista para comenzar a comprender las funciones de la conducta. Muchas veces, observar con atención lo que ocurre antes, durante y después del comportamiento proporciona información muy valiosa sobre qué necesidad puede estar intentando cubrir el niño.
Una herramienta sencilla consiste en hacerse estas preguntas:
¿Qué estaba ocurriendo justo antes de la conducta?
¿Qué consigue el niño inmediatamente después?
¿Con quién estaba?
¿En qué situaciones aparece con más frecuencia?
¿Qué necesidad podría estar intentando comunicar o satisfacer?
Responder a estas preguntas ayuda a dejar de centrarse únicamente en el comportamiento visible y empezar a comprender qué lo está provocando.
También es importante recordar que una misma conducta puede cumplir funciones diferentes según el contexto. Por ejemplo, un niño puede llorar para pedir un juguete en un momento, pero hacerlo para escapar de una tarea difícil en otro. Por eso, no conviene sacar conclusiones precipitadas sin observar la situación de forma global.
Una vez identificada la posible función de la conducta, el siguiente paso consiste en ofrecer alternativas que permitan al niño conseguir lo mismo de una manera más adaptativa. Esto puede implicar:
Enseñar nuevas formas de comunicar necesidades.
Ajustar las demandas cuando son demasiado elevadas.
Anticipar cambios mediante apoyos visuales.
Ofrecer descansos cuando la situación lo requiere.
Adaptar el entorno para reducir barreras y facilitar la participación.
Lo más importante es recordar que el objetivo no es eliminar conductas, sino comprender por qué aparecen y enseñar habilidades que permitan al niño satisfacer sus necesidades de una forma cada vez más eficaz. Cuando aumentan sus herramientas para comunicarse, regularse y participar en su entorno, muchas de las conductas que preocupan disminuyen porque dejan de ser necesarias.
Para concluir…
Comprender las funciones de la conducta supone cambiar la forma de entender el comportamiento infantil. En lugar de preguntarnos únicamente cómo hacer que una conducta desaparezca, aprendemos a observar qué necesidad hay detrás y cómo podemos ayudar al niño a satisfacerla de una manera más adaptativa.
Este cambio de perspectiva no significa permitir cualquier comportamiento, sino intervenir desde la comprensión, enseñando nuevas habilidades y adaptando el entorno cuando sea necesario. Cuando entendemos la función de una conducta, dejamos de ver únicamente el problema y empezamos a descubrir oportunidades para favorecer la comunicación, el aprendizaje y el bienestar.
En nuestro centro especializado en autismo en Albacete trabajamos desde este enfoque, realizando evaluaciones individualizadas que nos permiten comprender la función de cada conducta y diseñar intervenciones basadas en la evidencia científica y adaptadas a las necesidades de cada niño y su familia. Si necesitas orientación, puedes conocer nuestros Servicios o contactar con nosotros para recibir asesoramiento personalizado.
Beatriz Rives García
Psicóloga General Sanitaria, colegiada nº CM-01981 y Board Certified Behavior Analyst (BCBA) nº 1-21-51539. Especializada en autismo, análisis aplicado de conducta (ABA) y necesidades educativas especiales.
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