Cuando queremos enseñar una nueva habilidad a un niño solemos pensar en qué queremos que aprenda. Sin embargo, con frecuencia prestamos menos atención a cómo se lo comunicamos. Las palabras que utilizamos durante el aprendizaje también influyen en la comprensión, la participación y el éxito del niño.
En muchas ocasiones, la respuesta automática ante una conducta que queremos cambiar consiste en decir lo que no debe hacer: «No corras», «No grites», «No te levantes» o «No tires los juguetes». Son frases que utilizamos con la intención de poner límites o corregir una conducta, pero no siempre proporcionan la información que el niño necesita para aprender qué esperamos de él.
El lenguaje positivo propone un enfoque diferente. En lugar de centrarse únicamente en aquello que el niño debe evitar, ofrece instrucciones claras sobre la conducta que sí queremos enseñar. Así, en lugar de decir «No corras», podemos decir «Camina despacio»; en vez de «No grites», «Habla bajito».
Este pequeño cambio en la forma de comunicarnos puede facilitar la comprensión, reducir la incertidumbre y crear más oportunidades de aprendizaje, especialmente en niños que necesitan una enseñanza más explícita, como ocurre con muchos niños autistas o con otras dificultades del desarrollo.
En este artículo veremos por qué el lenguaje positivo favorece el aprendizaje, cómo empezar a utilizarlo en el día a día y por qué no consiste en ser más permisivos, sino en enseñar de una forma más clara y eficaz.
Por qué el «no» no siempre ayuda a aprender
Decir «no» puede ser necesario para detener una conducta que supone un riesgo o que no es adecuada en un determinado contexto. Sin embargo, por sí solo, rara vez enseña qué debe hacer el niño en su lugar.
Cuando decimos «No corras», el niño sabe qué conducta queremos que deje de hacer, pero no necesariamente cuál esperamos. En cambio, una instrucción como «Camina despacio» describe de forma clara la acción que puede realizar y facilita que la ponga en práctica.
Lo mismo ocurre en muchas situaciones cotidianas:
En lugar de «No grites», podemos decir «Habla bajito».
En lugar de «No te subas a la mesa», «Los pies van al suelo».
En lugar de «No tires los juguetes», «Guarda los juguetes en la caja».
Este cambio no consiste simplemente en sustituir unas palabras por otras. La diferencia es que una instrucción positiva enseña una conducta alternativa, mientras que una prohibición solo indica qué debe dejar de hacer.
Este enfoque resulta especialmente útil cuando el objetivo no es únicamente detener una conducta en ese momento, sino ayudar al niño a aprender qué hacer en situaciones similares en el futuro.
Si quieres profundizar en esta idea, también puede interesarte nuestro artículo La importancia de enseñar conductas alternativas, donde explicamos por qué enseñar una habilidad suele ser más eficaz que centrarse únicamente en corregir una conducta.
Hablar en positivo no significa eliminar los límites
A veces se piensa que utilizar lenguaje positivo implica evitar corregir al niño o permitir cualquier conducta. Sin embargo, ocurre justo lo contrario: los límites siguen siendo necesarios, pero la forma de comunicarlos puede facilitar mucho más el aprendizaje.
El objetivo no es dejar de decir «no» para siempre. Habrá situaciones en las que sea necesario, especialmente cuando exista un riesgo para la seguridad. Lo importante es que, una vez detenida la conducta, el niño reciba una indicación clara sobre qué puede hacer en su lugar.
Por ejemplo, si un niño intenta cruzar la calle corriendo, es lógico decir «¡No!» para detener la situación. Pero el aprendizaje llega después, cuando añadimos una instrucción como «Vamos de la mano» o «Esperamos en la acera».
De este modo, el niño no solo entiende que una conducta no era adecuada, sino que aprende cuál es la alternativa esperada.
El lenguaje positivo tampoco significa evitar las normas o rebajar las expectativas. Al contrario, permite mantenerlas de una forma más clara y comprensible, aumentando las posibilidades de que el niño pueda cumplirlas con éxito. Cuando sabe exactamente qué se espera de él, resulta más fácil participar, practicar y aprender.
El lenguaje positivo facilita el aprendizaje
El lenguaje positivo no solo mejora la comunicación entre el adulto y el niño, sino que también convierte cada interacción en una oportunidad para enseñar. Cuando las instrucciones son claras y describen la conducta esperada, el niño dispone de una guía concreta sobre qué hacer.
Esto resulta especialmente importante cuando está aprendiendo una habilidad nueva. Si todavía no sabe cómo comportarse en una determinada situación, necesita que alguien le muestre qué se espera de él de la forma más sencilla posible.
Por ejemplo, durante una comida es más útil decir «Utiliza la cuchara» que «No comas con las manos». Del mismo modo, antes de entrar en una biblioteca podemos anticipar «Aquí hablamos bajito», en lugar de esperar a que el niño grite para corregirle.
Además, las instrucciones positivas permiten anticipar la conducta adecuada antes de que aparezca el error. Esto reduce la necesidad de realizar correcciones constantes y crea un entorno de aprendizaje más predecible.
El lenguaje positivo es todavía más eficaz cuando se combina con otras estrategias de enseñanza, como el modelado, la práctica repetida o los apoyos visuales cuando realmente son necesarios y el niño comprende su significado. La combinación de estas herramientas aumenta las oportunidades de éxito y favorece que las nuevas habilidades se generalicen a diferentes contextos.
Si quieres conocer una de las estrategias más eficaces para enseñar nuevas habilidades, también puede interesarte nuestro artículo Modelado: enseñar haciendo.
Esta forma de comunicarnos también está respaldada por prácticas basadas en la evidencia como Modeling, descrita por el AFIRM Project, que recomienda mostrar al niño cómo queremos que utilice una habilidad en situaciones naturales.
Cómo utilizar el lenguaje positivo en el día a día
Incorporar el lenguaje positivo no requiere cambiar por completo la forma de comunicarnos. Se trata, sobre todo, de acostumbrarnos a describir la conducta que esperamos en lugar de centrarnos únicamente en la que queremos evitar.
Una estrategia útil es anticipar las normas antes de que sean necesarias. Por ejemplo, antes de entrar en un supermercado podemos decir: «Vamos a caminar a mi lado» o «Hablamos bajito mientras hacemos la compra». De este modo, el niño sabe qué se espera de él antes de que aparezca una conducta inadecuada.
También es recomendable utilizar frases cortas y concretas, adaptadas al nivel de comprensión del niño. Cuanto más sencilla sea la instrucción, más fácil será comprenderla y ponerla en práctica.
Cuando sea necesario, el lenguaje puede acompañarse de otras ayudas, como el modelado, los gestos o los apoyos visuales, siempre que el niño comprenda su significado y le resulten útiles. Estas estrategias no sustituyen la enseñanza, sino que facilitan el aprendizaje.
Por último, es importante reconocer y reforzar cuando el niño realiza la conducta esperada. Un comentario como «Muy bien, estás esperando tu turno» o «Gracias por caminar despacio» ayuda a que identifique qué comportamiento ha sido adecuado y aumenta las oportunidades de que vuelva a utilizarlo en el futuro.
El lenguaje positivo no consiste únicamente en cambiar palabras, sino en convertir cada situación cotidiana en una oportunidad para enseñar habilidades de forma clara, respetuosa y eficaz.
Un pequeño cambio que puede tener un gran impacto
Las palabras que utilizamos forman parte del proceso de enseñanza. Cada vez que damos una instrucción, corregimos una conducta o explicamos una norma, estamos ofreciendo oportunidades para aprender.
El lenguaje positivo no consiste en evitar los límites ni en buscar una forma «más amable» de hablar. Consiste en comunicar de manera que el niño sepa qué esperamos de él y tenga más posibilidades de hacerlo con éxito.
Con el tiempo, este cambio puede reducir el número de correcciones, facilitar la comprensión de las normas y favorecer un aprendizaje más activo. Cuando las expectativas son claras, resulta más sencillo participar, practicar nuevas habilidades y ganar autonomía.
En nuestro centro especializado en Aprendizaje y Psicología en Albacete ayudamos a las familias a desarrollar estrategias de enseñanza basadas en la evidencia científica, adaptadas a las características de cada niño. Si quieres aprender cómo utilizar el lenguaje positivo en casa o necesitas orientación para afrontar situaciones cotidianas relacionadas con el aprendizaje y la comunicación, estaremos encantados de ayudarte y valorar juntos qué apoyos pueden ajustarse mejor a vuestra situación.
Preguntas frecuentes sobre el lenguaje positivo
– ¿Qué es el lenguaje positivo?
El lenguaje positivo consiste en dar instrucciones que describen la conducta que esperamos en lugar de centrarnos únicamente en aquello que el niño no debe hacer. Su objetivo es facilitar la comprensión y el aprendizaje.
– ¿Hablar en positivo significa no decir nunca «no»?
No. En determinadas situaciones, especialmente cuando existe un riesgo para la seguridad, decir «no» puede ser necesario. La diferencia es que, después de detener la conducta, conviene explicar qué comportamiento esperamos.
– ¿El lenguaje positivo funciona con niños autistas?
Sí. Muchos niños autistas se benefician de instrucciones claras, concretas y directas que reduzcan la ambigüedad y faciliten la comprensión de lo que se espera de ellos.
– ¿Es suficiente cambiar la forma de hablar para que el niño aprenda?
No. El lenguaje positivo es una herramienta muy útil, pero el aprendizaje también requiere práctica, oportunidades de enseñanza, modelado, apoyos cuando sean necesarios y una intervención adaptada a las características de cada niño.
Beatriz Rives García
Psicóloga General Sanitaria, colegiada nº CM-01981 y Board Certified Behavior Analyst (BCBA) nº 1-21-51539. Especializada en autismo, análisis aplicado de conducta (ABA) y necesidades educativas especiales.
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