¿Qué es la imitación en niños y por qué es tan importante para aprender?

Imitación en niños durante una situación cotidiana de aprendizaje
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Gran parte de lo que aprendemos durante la infancia ocurre observando a otras personas. Un niño ve cómo alguien hace rodar un coche por una rampa y después lo prueba. Observa cómo su hermana utiliza un sacapuntas y hace algo parecido cuando necesita afilar su lápiz. Mira cómo colocamos una pieza para que una construcción no se caiga y, poco después, utiliza esa misma estrategia.

En muchas de estas situaciones aparece una habilidad muy importante para el aprendizaje: la imitación.

Cuando hablamos de imitación en niños nos referimos a la capacidad de reproducir una acción que previamente hemos observado en otra persona. Puede tratarse de un movimiento sencillo, de una acción con un objeto o de una secuencia formada por varios pasos.

La imitación es importante porque ofrece una manera de aprender observando. No tenemos que descubrir desde cero cómo funciona cada objeto ni depender siempre de que alguien nos explique verbalmente qué debemos hacer. Muchas veces podemos mirar cómo lo hace otra persona y después probar. Esto ocurre en el juego, en el colegio, en casa y en multitud de actividades cotidianas.

Además, está estrechamente relacionado con el modelado, una estrategia de enseñanza que consiste precisamente en mostrar aquello que queremos enseñar para que la persona disponga de un ejemplo de cómo hacerlo.

Ahora bien, que la imitación sea una herramienta importante para aprender no significa que sea la única. Hay niños que aprenden muy bien observando un modelo; otros necesitarán una explicación, una ayuda visual, práctica directa o una combinación de diferentes apoyos. La cuestión no es conseguir que todos aprendan exactamente de la misma manera, sino disponer de más herramientas para enseñar.

 

 

¿Qué es exactamente la imitación?

La imitación consiste en reproducir una acción después de haber observado cómo la realiza otra persona. Pensemos en un ejemplo sencillo. Un niño observa cómo otra persona coloca cuatro bloques formando una torre. Después coge sus propias piezas e intenta construir una torre parecida.

También puede ocurrir cuando aprende a utilizar algo que todavía no conoce. Ve cómo alguien presiona la tapa de un rotulador para cerrarlo, cómo utiliza unas pinzas, cómo hace rodar una pelota por una rampa o cómo coloca una prenda en una percha. En todos estos casos hay un elemento común: la conducta de otra persona proporciona un modelo que el niño puede reproducir.

La acción imitada puede ser exactamente igual al modelo o aproximarse a él. También puede ser muy sencilla o requerir bastantes habilidades.

No es lo mismo copiar una palmada que observar cómo otra persona prepara un vaso de agua y reproducir después una secuencia que incluye coger el vaso, abrir el grifo, colocarlo debajo, cerrarlo y dejar el vaso sobre la mesa.

Por eso, cuando valoramos la imitación en niños, es importante no entenderla como una habilidad de «sí o no». Un niño puede imitar algunas acciones con mucha facilidad y encontrar otras más difíciles. Puede reproducir bien acciones con objetos y necesitar más ayuda cuando aparecen varios movimientos consecutivos. También puede desenvolverse de manera diferente dependiendo de la familiaridad de la tarea. La imitación engloba, por tanto, acciones muy distintas y con diferentes niveles de complejidad.

 

 

¿Por qué la imitación es importante para aprender?

Imaginemos que queremos enseñar a utilizar unas tijeras. Podemos explicar: «Mete el pulgar aquí, coloca los otros dedos aquí, abre, cierra y ve avanzando por el papel». Para algunos niños esa explicación será suficiente. Para otros puede resultar mucho más fácil ver cómo lo hacemos. Cogemos otras tijeras, nos colocamos a su lado y cortamos lentamente un trozo de papel. Ahora dispone de otra información. Puede observar cómo sujetamos las tijeras, dónde colocamos los dedos, cómo las abrimos y cerramos y qué ocurre con el papel mientras avanzamos.

Eso es precisamente lo que hace que la imitación resulte tan interesante para el aprendizaje: permite que las acciones de otras personas funcionen como modelos.

La relación entre imitación y aprendizaje se aprecia en muchos ámbitos. Durante el juego, un niño puede descubrir una nueva manera de utilizar un juguete después de observar a otra persona. En actividades de autonomía puede aprender parte de una rutina viendo cómo alguien se lava las manos, guarda una prenda o prepara algo sencillo para comer. En el colegio puede observar cómo se utiliza un material nuevo antes de probarlo. Y en casa puede aprender pequeñas tareas cotidianas mientras participa con otras personas.

Aquí aparece un concepto estrechamente relacionado: el modelado. Modelar consiste en mostrar la conducta o habilidad que queremos enseñar. En lugar de depender únicamente de una explicación verbal, ofrecemos un ejemplo observable. Si quieres profundizar en esta estrategia puedes leer más en nuestro artículo «Modelado: enseñar haciendo».

La investigación sobre aprendizaje infantil y autismo también ha estudiado la relación entre la imitación, el juego y el desarrollo de la comunicación. Por ejemplo, Toth y colaboradores (2006) realizaron un seguimiento de niños autistas y encontraron que algunas habilidades observadas durante los primeros años, entre ellas la imitación, estaban relacionadas con determinadas medidas posteriores de comunicación.

¿Qué significa esto? Que la capacidad de observar y reproducir algunas acciones de otras personas puede formar parte de los procesos que intervienen en el aprendizaje y el desarrollo comunicativo. Si un niño puede aprender determinadas acciones observando a otras personas, dispone de una vía más para incorporar información de su entorno. Sin embargo, hay que distinguir entre decir que dos habilidades están relacionadas y afirmar que una es imprescindible para que aparezca la otra. El estudio de Toth y colaboradores encontró asociaciones y relaciones predictivas entre distintas habilidades tempranas y medidas posteriores de comunicación, pero esto no significa que un niño tenga que alcanzar primero un determinado nivel de imitación para poder desarrollar comunicación.

Esta diferencia es importante en la práctica. La imitación puede ser una herramienta útil para aprender, pero no debemos convertirla en una especie de paso obligatorio que el niño tenga que superar antes de acceder a otros aprendizajes o apoyos. Por ejemplo, si un niño todavía tiene dificultades para imitar determinados movimientos, podemos seguir enseñándole a comunicarse, jugar, participar en actividades cotidianas o utilizar apoyos para la comunicación mientras, cuando sea pertinente, también ampliamos sus posibilidades de aprender mediante la observación de otras personas.

En definitiva, trabajar la imitación puede abrir una vía adicional de aprendizaje, pero aprender no depende exclusivamente de saber imitar. Los niños pueden aprender mediante diferentes experiencias, apoyos y formas de interacción.

 

 

Hay diferentes tipos de imitación

Cuando alguien habla de imitación es fácil imaginar a un niño dando palmas después de ver a otra persona hacerlo. Pero podemos imitar muchas cosas diferentes. Por ejemplo, encontramos acciones corporales. Levantar los brazos, saltar, agacharse, tocar una parte del cuerpo o realizar determinados movimientos durante una canción son algunos ejemplos.

También podemos imitar acciones con objetos. Un niño puede observar cómo otra persona golpea un tambor y probar después. Puede ver cómo hace rodar una pelota, encaja una pieza, utiliza un pincel o construye algo con bloques.

En otros casos aparecen secuencias de acciones. Preparar un vaso de agua, guardar determinados materiales, realizar los pasos de una manualidad o preparar una merienda sencilla requieren recordar y realizar varias acciones.

Y también puede existir imitación relacionada con sonidos o producciones orales, por ejemplo cuando un niño reproduce un sonido o una palabra que acaba de escuchar.

Cada una de estas situaciones plantea demandas diferentes. Imitar un movimiento corporal sencillo no requiere exactamente lo mismo que reproducir una construcción de cinco piezas o recordar una secuencia formada por varios pasos. Por eso un niño puede desenvolverse con facilidad en unas formas de imitación y necesitar más apoyo en otras. Esto es especialmente importante cuando observamos sus habilidades: no podemos valorar toda la capacidad de imitación a partir de una única tarea.

 

 

¿Qué necesitamos para poder imitar?

Aunque desde fuera pueda parecer algo sencillo, reproducir una acción que hemos observado implica diferentes habilidades. Para empezar, necesitamos acceder a la información relevante del modelo.

Imaginemos que alguien nos enseña cómo construir un pequeño puente con bloques. Tendremos que observar qué piezas utiliza, cómo las coloca y qué relación existe entre ellas. Si además queremos reproducirlo después de que el modelo haya terminado, tendremos que conservar parte de esa información el tiempo suficiente para utilizarla.

La propia acción también importa. Dar una palmada es relativamente breve. Copiar una construcción puede requerir prestar atención a la posición de varias piezas. Preparar algo sencillo para comer puede incluir diferentes objetos y una secuencia de varios pasos.

También intervienen las habilidades motoras necesarias para realizar aquello que estamos observando. Un niño puede comprender perfectamente lo que ha visto y, sin embargo, encontrar dificultades para reproducir una acción que exige una coordinación motora que todavía está desarrollando.

Por eso es importante analizar qué estamos pidiendo que imite. Podemos preguntarnos si la acción es conocida, cuántos pasos contiene, qué movimientos requiere, cuánto tiempo tiene que recordar la información o si estamos presentando demasiados elementos simultáneamente.

Todo esto ayuda a entender por qué la imitación no debería considerarse una capacidad única que simplemente está presente o ausente. Es mucho más útil observar qué acciones puede reproducir, cuáles todavía le resultan difíciles y qué características tienen unas y otras. Esta forma de analizar el aprendizaje también evita sacar conclusiones demasiado generales a partir de una única situación.

 

 

¿Cómo podemos favorecer y enseñar la imitación en niños?

Una de las ventajas de la imitación es que podemos trabajarla dentro de muchas actividades habituales. No necesitamos utilizar siempre materiales específicos. Podemos encontrar oportunidades mientras jugamos, cocinamos, hacemos una manualidad, recogemos juguetes o participamos en actividades del colegio.

Una buena forma de empezar es elegir acciones que el niño pueda realizar. Si comenzamos con una secuencia demasiado compleja, puede resultar difícil saber qué parte está causando la dificultad. En cambio, una acción sencilla nos permite observar mejor qué ocurre y avanzar progresivamente.

También conviene que el modelo sea claro. Si estamos mostrando cómo encajar una pieza mientras damos muchas instrucciones, movemos otros objetos y realizamos varios pasos rápidamente, puede ser más difícil identificar qué información es importante. A veces funciona mejor hacer la acción de forma clara y acompañarla de pocas palabras. Por ejemplo: «Mira, aquí». Colocamos la pieza. Después damos una oportunidad para que el niño pruebe. Si necesita ayuda, podemos proporcionarla.

Aquí es importante recordar que ayudar más no siempre significa enseñar mejor. El nivel de apoyo debería ajustarse a lo que la persona necesita en ese momento. Si basta con volver a mostrar la acción, quizá no sea necesario realizarla físicamente por ella. En este punto quizá podría resultarte interesante leer nuestro artículo «Tipos de ayudas (prompts): guía completa para utilizarlas y retirarlas correctamente durante el aprendizaje» 

También podemos aprovechar actividades que ya forman parte del día. Mientras preparamos una merienda podemos mostrar cómo untar, cortar o colocar determinados alimentos. Cuando recogemos podemos enseñar cómo doblar una prenda o dónde colocar un objeto. Durante una manualidad podemos mostrar cómo utilizar un material nuevo. En el parque un niño puede observar cómo otros utilizan determinados elementos y probar después.

Y durante el juego encontramos innumerables posibilidades. Supongamos que estamos jugando con plastilina. Hacemos una bola y después la aplastamos con la mano. El niño puede observar y probar. Más tarde hacemos un cilindro. Después utilizamos dos piezas para crear algo nuevo. De esta manera vamos ofreciendo modelos diferentes dentro de una actividad compartida.

Otro aspecto importante es practicar con variedad. Si un niño aprende a copiar una construcción utilizando siempre las mismas piezas, con la misma persona y en el mismo lugar, todavía tendremos que comprobar qué ocurre cuando cambian los materiales o el contexto. Queremos que aquello que aprende pueda resultarle útil más allá de una situación concreta. Por eso, una vez adquirida una habilidad, podemos introducir poco a poco personas, objetos, actividades y contextos diferentes.

Y es importante recordar que el ritmo de aprendizaje no tiene por qué ser idéntico para todos. Un niño puede necesitar pocas oportunidades para incorporar una acción nueva y otro puede necesitar verla y practicarla muchas más veces. Puedes leer nuestro artículo: «Cada niño aprende a su ritmo: cómo acompañar su aprendizaje sin comparaciones ni prisas» 

Lo importante es observar el progreso de cada uno y ajustar nuestra enseñanza.

 

 

Imitación, juego y comunicación

El juego es probablemente uno de los contextos donde resulta más fácil observar cómo las personas aprenden unas de otras. Un niño ve a otro construir una carretera y añade una a su propio juego. Observa que alguien convierte una caja en una casa y después utiliza otra caja de una manera parecida. Ve cómo una persona hace saltar un muñeco desde una construcción y prueba esa nueva acción.

Imitar puede permitir incorporar nuevas posibilidades al juego. Pero esto no significa que exista una única manera correcta de jugar. Si un niño utiliza los materiales de una forma diferente a la nuestra, esa diferencia no debería convertirse automáticamente en algo que tengamos que corregir. Podemos ofrecer modelos y nuevas posibilidades sin necesidad de sustituir aquello que la persona ya disfruta haciendo.

La imitación también puede participar en el aprendizaje de la comunicación y el lenguaje. Desde pequeños estamos expuestos continuamente a modelos: escuchamos palabras y expresiones, observamos gestos y vemos cómo otras personas utilizan diferentes formas de comunicación en situaciones cotidianas.

Un niño puede escuchar una palabra y reproducirla, aprender un gesto después de verlo varias veces o incorporar determinadas expresiones que ha escuchado utilizar a otras personas. Sin embargo, comunicarse no consiste simplemente en repetir lo que hacen o dicen los demás. Lo importante es que esas formas de comunicación vayan adquiriendo una función y puedan utilizarse para expresar necesidades, intereses, preferencias, comentarios o cualquier otro mensaje.

En este punto también conviene diferenciar la imitación verbal de la ecolalia. En algunas personas autistas aparecen repeticiones de palabras o expresiones que han escuchado previamente. Estas producciones pueden tener diferentes funciones comunicativas, por lo que no deberíamos interpretarlas únicamente como una repetición sin significado. Para saber más sobre este tema, puedes consultar nuestro artículo sobre ecolalia en el autismo: «¿Por qué mi hijo repite lo que oye? Ecolalia en el autismo«

La importancia de disponer de modelos también se observa en la Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA). Cuando un niño utiliza un comunicador, un tablero u otro sistema de comunicación, las personas de su entorno pueden enseñarle cómo utilizarlo usándolo también durante las interacciones. Por ejemplo, mientras un adulto dice «vamos a jugar», puede señalar jugar en el sistema de comunicación. Si el niño está buscando un juguete, el adulto puede decir «¿dónde está?» mientras señala las palabras correspondientes. De esta manera, el niño va viendo cómo puede utilizar su sistema para comunicar diferentes mensajes en situaciones reales. A esto lo llamamos modelado en CAA. El objetivo no es que el niño tenga que señalar inmediatamente las mismas palabras que acaba de utilizar el adulto. Igual que ocurre con el lenguaje oral, necesita tener oportunidades para observar cómo otras personas utilizan esa forma de comunicación y aprender progresivamente qué posibilidades le ofrece.

Por tanto, cuando hablamos de imitación y comunicación, el modelo que proporcionan otras personas puede ser una fuente importante de aprendizaje, pero aprender a comunicarse va mucho más allá de copiar una palabra, un gesto o una acción. Si quieres conocer mejor estos sistemas y cómo se utilizan, puedes consultar nuestro artículo «¿Qué es un SAAC? Guía completa sobre Comunicación Aumentativa y Alternativa»

 

 

En conclusión: la imitación es una herramienta para aprender

La imitación en niños es importante porque permite aprovechar una fuente de información que tenemos constantemente a nuestro alrededor: las acciones de otras personas.

Podemos observar cómo alguien hace algo y utilizar esa información para intentarlo nosotros. Esto puede ayudarnos a aprender habilidades relacionadas con el juego, la autonomía, el colegio, el uso de objetos y muchas actividades de la vida cotidiana.

Pero la imitación no debería convertirse en el objetivo final. No buscamos que un niño sea bueno copiando por copiar. Nos interesa que pueda utilizar la observación de otras personas como una herramienta más para aprender cosas que amplíen sus posibilidades de participación, autonomía, juego y comunicación.

Y tampoco todos los aprendizajes tendrán que producirse de esta manera. Habrá ocasiones en las que un modelo sea suficiente. En otras necesitaremos añadir una explicación, una ayuda física, una fotografía, una secuencia visual o práctica adicional.

En nuestro centro CAYP Centro Aprendizaje y Psicología, en Albacete, partimos precisamente de una valoración individualizada del aprendizaje. Antes de seleccionar una estrategia, necesitamos conocer qué sabe hacer actualmente cada niño, qué habilidad queremos enseñar, qué dificultades están apareciendo y qué tipo de apoyo puede ayudarle.

La imitación y el modelado pueden formar parte de ese proceso, pero no son recetas que deban aplicarse igual a todos los niños.

Nuestro objetivo es seleccionar estrategias de enseñanza que permitan avanzar hacia aprendizajes útiles, funcionales y relevantes para la vida cotidiana.

 

 

preguntas frecuentes en autismoPreguntas frecuentes sobre imitación en niños

– ¿Por qué es importante la imitación en niños?

Porque permite aprender observando las acciones de otras personas. Puede facilitar la adquisición de nuevas formas de utilizar objetos, acciones durante el juego, habilidades de autonomía y otros aprendizajes cotidianos. Eso no significa que sea la única vía posible para aprender.

 

– ¿Cómo se puede enseñar a un niño a imitar?

Podemos comenzar mostrando acciones claras y accesibles, proporcionar oportunidades para que el niño pruebe y añadir las ayudas que necesite. Conforme aprende, podemos aumentar progresivamente la complejidad y practicar con diferentes materiales, personas y situaciones.

 

– ¿Qué actividades podemos utilizar para trabajar la imitación?

Hay muchísimas posibilidades: construcciones, instrumentos musicales, canciones con movimientos, plastilina, dibujo, manualidades, juegos con objetos, cocina y actividades relacionadas con la autonomía cotidiana. La actividad concreta debería adaptarse a las habilidades, necesidades e intereses de cada niño.

 

– ¿La imitación es importante en los niños autistas?

La imitación ha sido estudiada en relación con el desarrollo y el aprendizaje de niños autistas. Tiene sentido enseñar habilidades de imitación cuando estas amplían posibilidades de aprendizaje, comunicación, juego, autonomía o participación.

 

– ¿Un niño necesita saber imitar para utilizar un SAAC?

No. La imitación no debe considerarse un prerrequisito para acceder a la Comunicación Aumentativa y Alternativa.

Los interlocutores pueden modelar cómo utilizar el sistema de CAA para proporcionar oportunidades de aprendizaje lingüístico, pero la persona usuaria de CAA no tiene que copiar inmediatamente esos modelos para demostrar que puede beneficiarse del sistema.

 

Beatriz Rives, directora del Centro Aprendizaje y Psicología de Albacete.Beatriz Rives García
Psicóloga General Sanitaria, colegiada nº CM-01981 y Board Certified Behavior Analyst (BCBA) nº 1-21-51539. Especializada en autismo, análisis aplicado de conducta (ABA) y necesidades educativas especiales.
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